Aquello es un colchón de cenizas de todos los tonos, hierros retorcidos y vidrios derretidos. Y en el centro de lo que fué su habitación, descubro las puntas de las costillas del viejo Pola. Soportando difícilmente el calor de las brasas me acerco. Me cuesta convencerme de que es él. Pero sí, es el viejo Pola, cuyas formas apenas se distinguen.

 

 

Si Quiroga no fuera más grande por la consumada habilidad con que narra, por el sentido perfecto de escoger lo que en cada caso es esencial dentro de un cúmulo de materiales igualmente presentes en la imaginación, por la dura verdad que pone en lo que dice, por la manera endiablada de hurgar hasta el hueso en las partes que más duelen, y por otros tantos valores meritisimos, lo sería por la inteligencia con que deja de lado lo que el lector está necesitando que se le diga para poder respirar.

Ezequiel Martínez Estrada

sobre Pasado amor

Al principio el capital se desviaba de mí, y

lo perseguí sin descanso, viajando por el ser-
tón, negociando con telas, ganado, imágenes,

rosarios, baratijas, ganando acá, perdien-
do ahí, avanzando a crédito, firmando paga-
rés, realizando operaciones endiabladamente

complicadas. Sufrí sed y hambre, dormí sobre
la arena de los ríos secos, peleé con gente que

habla a los gritos y efectué transacciones co-
merciales con las armas engatilladas.

En el trapiche amplio y generoso no había casi paredes ni había casi puertas; nada se encerraba; ¡adelante todo el mundo! Entraba el sol; entraba el aire, entraba el aguacero; entraban las legiones de avispas doradas y zumbando a buscar dulce; entraban las yuntas lentas con los carros anchos y los montones de caña bien trabados que los gañanes descargaban de un golpe y dejaban firmes en el suelo detrás de los carros; en busca de dulce, lo mismo que las avispas, entraban los hijitos de los peones con una cazuela en la mano, a pedir: “de parte de mi Mamá que si me hacen el favor de unas migajitas de raspadura o un pedacito de papelón roto para el guarapito de esta noche”. Como a las avispas se les daba la raspadura o se les daba el pedazo de papelón roto, a nadie se decía no.

Un encuentro mínimo, pasajero, es como una chispa que enciende e ilumina, de a fogonazos, la memoria ardiente de Roma, quien se niega a desaparecer en silencio: una mujer cuyo cuerpo sin su consentimiento, ha decidido envejeer, pero que acumula, como un archivo de cicatrices, un largo inventario amoroso y vital. Hija, esposa, poeta, amante y madre; feroz, irónica, nítida, fugaz y herida. Refleja la historia de tres generaciones de mujeres atravesadas por la pérdida y la obstinación, que hablan para sobrevivir y hacen del lenguaje su campo de batalla.

CONTACTO

Registrá tu email y te escribimos para contarte de las novedades y los lanzamientos. Un newsletter con información exclusiva, análisis y promociones para amantes de la lectura.

Para contactarnos: comunicacion@monogramatico.com.ar

©Mono gramático Editor, 2026, Yabebirí.