
Teresa de la Parra
(1889–1936), nacida en París como Ana Teresa Parra Sanojo, pasó su infancia entre Europa y la hacienda familiar, El Tazón, en las afueras de Caracas.
Hija de un diplomático venezolano y formada en un ambiente aristocrático y cosmopolita, su obra narrativa se consolidó en la década de 1920 con dos novelas fundamentales: Ifigenia (1924) y Las memorias de Mamá Blanca (1929), libros que desplazaron el eje de la novela tradicional de la época hacia la subjetividad, la ironía y la construcción de la memoria.
Su prosa, de gran refinamiento estilístico, fue reconocida por figuras como Miguel de Unamuno y Juan Ramón Jiménez, y circuló ampliamente en el ámbito hispanoamericano y europeo.
Afectada por la tuberculosis, residió sus últimos años en Europa, donde murió en Madrid. Su obra, breve pero decisiva, puede ubicarse en la transición hacia la modernidad literaria venezolana, al centrar la narración hacia formas construidas desde la interioridad.
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