Selva adentro

Bajo la penumbra de un túnel vegetal, un grupo de hombres avanza a fuerza de machete hacia el sol que brilla en alguna parte. La capuera se cierra a sus espaldas, devora las picadas recién abiertas, trepa por los ranchos y reclama para sus plantas y su bicherío cada tramo de tierra conquistada. Es 1931. Aquellos pioneros han llegado desde Buenos Aires con la ambición de fundar su propio paraíso, pero no sospechan que la tierra elegida para levantarlo tiene un apetito difícil de saciar.

Años después, Germán de Laferrère vuelve en busca del lugar de aquella empresa. Pero la selva ha borrado todo vestigio de su paso. Solo queda el diario que escribió durante la expedición. Publicada en 1945, Selva adentro reconstruye esa experiencia en los límites entre la memoria y la ficción. Fechas precisas, lugares reconocibles y un mapa trazado por el propio narrador.

La aventura de Puerto Delicia pronto se encuentra con las pequeñas molestias del monte. Lluvias torrenciales, zumbidos infinitos y criaturas de hábitos insólitos pueblan un territorio donde todo parece empeñado en comerse a todo lo demás.La curiosidad de Laferrère se demora tanto en las minucias de la vida silvestre como en el misterio que encierran. Los hombres pasan por estas páginas apenas esbozados. Y la selva, hecha de exabruptos y digestión, prosigue sus incesantes operaciones de nacimiento, acecho y transformación, mientras los proyectos humanos se disipan como la niebla.


 

Cosas extraordinarias se encuentran aquí por todas partes, en todos los dominios. Si, pongamos por caso, de noche uno mira hacia arriba encuentra que en el cielo es de día; tal es la intensidad de la luz estelar y tal la negrura de los montes. La diafanidad de la atmósfera permite ver un cielo totalmente estrellado, y uno se asombra de no haber sabido nunca que había tantas estrellas.   

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